El vecino de Villapresente

El número 1602 del diario liberal LA IBERIA (1), editado el martes 20 de septiembre de 1859, publicaba en la sección VARIEDADES una carta de don Ángel Fernández de los Ríos (2) con el título EL VECINO DE VILLAPRESENTE. Dado su interés transcribimos íntegra y literalmente la sección del rotativo:

VARIEDADES

Con sumo placer publicamos la sentida y bien escrita que nos remite nuestro buen amigo don Ángel Fernández de los Ríos, uno de los periodistas que con más asiduidad, desinterés e independencia han trabajado en los últimos tiempos en la prensa periódica. Si nos es grato dar cabida al escrito de un amigo, voluntariamente retirado hoy de la vida pública, como una necesidad para reparar los estragos que hicieron en su alma desgracias de familia, y en su físico los incansables desvelos del periodismo, por tanto tiempo a él encadenado, no nos es menos agradable publicar su carta, por el objeto que la motiva. Hay que no gozan más que en describir las grandezas triunfantes y las debilidades enaltecidas por el lujo o la opulencia; otros, y estos nos seducen deliciosamente, se consagran a presentar los modelos de virtud, de ciencia y de modestia, que saben hallar en los rincones más apartados. Tan digno asunto ha hallado la pluma de nuestro amigo, recordándonos con inmensa satisfacción nuestra, el respetado y respetable nombre del señor don Diego de Argumosa, uno de los caracteres más dignos de nuestra época, una de las más legitimas eminencias médicas de nuestra patria, y un modelo de patriotismo, rectitud e inflexibilidad que descuella gigantesco entre la generalidad de los caracteres de esta generación.

Dice así la carta de nuestro amigo:

EL VECINO DE VILLAPRESENTE

A Don Pedro Calvo Asensio

San Vicente de Toranzo, septiembre 16 de 59.

Mi querido Pedro: No temas que esta epístola, con que te doy fe de vida desde el rincón donde suelo encerrarme, esté cortada por el patrón de las que en los meses de verano aparecen con tanta frecuencia en los periódicos; si en la necesidad de que esta carta lleve una fecha, entrego al escándalo de la publicidad el oscuro nombre del valle en que vivo, no es ¡líbreme Dios de ello! con intención de permitirme descripciones y alabanzas que exciten la curiosidad de los madrileños viajantes y la envidia de los que no lo son; si ocupo la atención con esta carta provinciana, no es para informarte de mis correrías y aventuras, como ahora se acostumbra, abusando del yo de los viajeros, que haría odioso al mismo Cristóbal Colón; ni para deslizar en LA IBERIA la recomendación vergonzante de algún establecimiento de baños; ni para entretenerte con la sabrosa relación de platos y las botellas servidas en una comilona aristocrática al aire libre; ni siquiera para ofrecerte alguna de esas sabrosas estadísticas de las mujeres y los hombres de la Corte que todos los años van a turbar la paz de las provincias del Norte, y de cuyas personas se ha hecho ya indispensable que se ocupen semanalmente ciertos diarios; por la sola razón de que los revisteros las han colocado en esas dos interesantísimas clasificaciones de bellezas y notabilidades madrileñas a la moda, cuya importante existencia debe el país seguir al día según parece.

Felizmente, y mal que pese a Alarcón, a Silvela y a un García que por aquí anda, y a quien no conozco por este nombre, que unos tras de otros han ido faltando a los deberes de gratitud que impone la hospitalidad, atentando a el pudor que aún conserva esta provincia, levantando una punta del velo que aún cubre sus deliciosos valles, y pintando con brillantes colores la belleza de los paisajes que han contemplado en medio de esta magnífica naturaleza, todavía no ha sufrido este país la irrupción de mis paisanos; todavía no ha experimentado la suerte que alcanza a las pobres provincias Vascongadas; aún no ha sido invadido por esas damas corredoras y esos caballeros ociosos, que desde el mes de julio caen como una plaga sobre Guipúzcoa y Vizcaya; aún se puede vivir aquí sin riesgo de tropezar con las mismas caras que en el  Prado y el teatro Real; aún es esta provincia pura; aún hay campo; aún se puede aquí leer y pensar silenciosamente bajo un dosel de castaños; aún se puede comer y dormir sin presenciar polémicas de ambiciosuelos políticos no oír anécdotas de cortesana aventureras, como si estuviera uno en el café Suizo; aún no alcanza aquí, ¡Dios sea loado! el hálito de la capital.

Nada, pues, más distante de mí, que el propósito de bosquejar un cuadro tentador del aspecto de esta provincia; mi intención es más modesta y menos dañina: voy únicamente a hablarte de un lugarejo de pocas casas, a que la casualidad me ha llevado hace pocos días, y de un vecino del tal lugarejo, conocido de ti y de toda España.

En la carretera de Santander a Valladolid, a cinco leguas de aquella ciudad, a media hora del ferro-carril, en un feracísimo valle, se halla situada la villa de Torrelavega, población alegre y risueña como pocas: uno de sus paseos, formado por una larga y recta calle de álamos, conduce al camino por medio del cual se hallan en comunicación con Torrelavega otros valles que participan de sus buenas condiciones de clima y fertilidad. Pronto concluye el camino, propiamente tal; que en este país, las carreteras provinciales pocas veces llegan a la última hoja del expediente que se instruye para emprenderlas; y eso que el ministro de la Gobernación es diputado por la villa que acabo de citarte, y eso que el ministro de Estado pretende a veces tomar por patria adoptiva esta provincia. Donde concluye el camino comienza la carretera o calleja, para acomodarme al vocabulario montañés; que subiendo las más veces, bajando las menos, conduce a Novales y otros pueblos notables de aquella comarca. A una legua de Torrelavega, legua que se hace corta por la distracción que ocasiona en el ánimo lo pintoresco del paisaje que se recorre, está precedida de un magnífico bosque de robles el lugarejo (3) en cuestión, que lleva el nombre de Villapresente; y poco separado de él, sobre la izquierda, después de atravesar otro bosque de frondosísimos castaños, por un sendero incierto al principio, bien deslindado después, a la orilla de un río caudaloso, sólidamente encauzado entre gigantescos peñascos, se tropieza con un humilde edificio donde va a morir el sendero indicado, como si fuera aquel el último límite posible de los pasos del viandante; como si aquella casa fuera la última del mundo.

Figúrate, mi querido Pedro, una cañada entre dos grandes montañas, la del Mediodía completamente cubierta de verde, haciendo gala de una vegetación exuberante la del Norte formada por peñascos descarnados y cenicientos, y un río bastante caudaloso que corre entre ella de E. a O., deteniéndose en una presa inmediata al edificio citado, que no es sino un molino de harina, y tendrás una idea del paisaje que rodea a la modestísima morada que me ha inspirado esta carta.

Allí, en aquella construcción medio vieja, medio nueva, sin concluir por una parte, destruida en otras por las llamas, aquí conservada, allí reedificada, después de atravesar un gran portalón, subiendo por una escalerilla de madera de dos tramos y de tres pies de anchura, se llega a un aposento de doce pies de largo por diez de ancho aproximadamente, que sirve de tranquilo retiro a una de nuestras más legítimas celebridades contemporáneas; a una eminencia científica, reconocida como tal en España y fuera de España; a un bienhechor de la humanidad, a un sabio que tiene tantos admiradores como han sido sus discípulos durante el largo tiempo que se ha consagrado al magisterio; a un benemérito de la ciencia, que con sus explicaciones y sus escritos ha difundido una doctrina recibida con inefables bendiciones; a un buen patricio que nacido en el oscuro pueblecillo de Villapresente, fue elegido por Madrid, en elecciones de verdad, no en elecciones de la unión liberal, para representar a la capital de España en su municipio y en las Cortes constituyentes del 37 (4); a un gran carácter que ha sabido conservar en todas épocas lo que se va apreciando tan poco: la dignidad; a una gran figura, en fin, cuyo nombre es unánimemente respetado: a don Diego de Argumosa.

¿No es verdad, mi querido Pedro, que esta exhumación es de las cosas más inesperadas del mundo? ¿Quién se acuerda ya de Argumosa en esa veleidosa villa, que si fabrica en una semana reputaciones monstruosas, olvida en un día servicios de muchos años? ¿Quién se acuerda de los que prestó al ejército español en la guerra de la Independencia, cuando otros los han oscurecido recibiendo el galardón de los que hicieron a una corte de comedia en la guerra civil (5)? ¿Quién tiene noticias de los títulos excepcionales que ganó en su carrera científica, cuando hay quien ha hecho la suya en los ocios de una emigración, sin más trabajo que servir de lazarillo a tal o cual médico a la moda en el extranjero? ¿Quién hace ya memoria del que ha empleado 30 años en la enseñanza concienzuda de casi todos los que hoy disponen de nuestra vida, sin faltar un solo día a aquella terrible obligación de pasar las mañanas del invierno junto a un cadáver helado, para la demostración práctica de las enfermedades, con aquella puntualidad que le colocaba a la puerta de la cátedra cuatro minutos antes de la hora señalada a los discípulos, y en las salas del hospital en todos los momentos del día y de la noche y de la noche en que lo exigían los pacientes, cuando hoy hay tantas canonjías académicas? ¿Quién de lo que hizo por los desvalidos en la Junta de beneficencia, y en la primera y más terrible invasión del cólera, cuando estas cosas se van ya haciendo de mal gusto? ¿Quién del laborioso y correcto autor de tantos trabajos científicos como yacen confundidos por la avalancha de papel manchado, que para darse importancia emborronan ahora muchos pedantes y plagiarios? ¿Quién del que con tanta rectitud desempeñó el cargo de alcalde constitucional de Madrid, cuando ha habido después tantos y tan diferentes alcaldes? ¿Quién del inflexible diputado en las Cortes del 37, cuando los diputados cuneros han convertido en axioma que el patriotismo es una estupidez? ¿Quién, en fin, de un hombre que se ha retirado ¿a dónde? a un pueblo que nadie ha oído nombrar, a Villapresente, para vivir ¿en qué sitio? en un molino.

La verdad es que el capricho es raro: que aquella singular morada forma notable contraste con las casas de Madrid, donde viven los médicos a la moda, y que desde el portal están convidando a entrar en ellas, aunque no tenga uno más pretexto para creerse doliente, que un sabañón recalcitrante o una inapetencia pasajera. Argumosa vive en un sitio agreste que reclama un viaje, un verdadero viaje ad hoc, por senderos escabrosos, por precipicios a la orilla de un río; los modernos Esculapios a que me refiero están dispuestos a recibir a las gentes todos los días, con tal que entreguen al recaudador colocado a la puerta los pesos duros marcados en la tarifa: Argumosa no está jamás dispuesto a recibir a nadie más que a los pobres; esos templos de la ciencia de curar son verdaderas viviendas de sibaritas: el aposento de Argumosa es la habitación de un filósofo de Esparta; las casas a que me refiero están atestadas de mujeres vaporosas y de hombres afeminados: el molino de Argumosa está todos los domingos más atestado aún, pero exclusivamente de pobres. En medio de estos desheredados se le ve solícito y afable; tratándose de las infinitas personas acomodadas que van a perseguirle hasta su retiro, no se violenta para disimular el desagrado que experimenta con las visitas.

Y ¿qué hace Argumosa sepultado prematuramente entre dos montañas, aislado no solo en una aldea solitaria, sino separado hasta de la aldea en la más escondida de sus casas? Usa de algún modo su actividad característica, da ensanche al molino, le mejora, hace reformas que él mismo dispone; pero con tal desgracia, que el fuego le arrebata en una noche la mitad de la finca, y el agua lleva por tres veces las diferentes presas que ha construido: ahora levanta la cuarta, dirigiendo por sí mismo la obra, presenciando los trabajos de sol a sol, sin guardarse de las lluvias, de los vientos, de los fríos ni de los calores, con la robustez de un muchacho. Quien nunca conoció la codicia, claro es que no tiene ese aliciente para llevar adelante esta empresa; las obras del molino, que empezaron por ser una distracción para su ánimo, son ya para él una cuestión de perseverancia, y el molino llegará a ser lo que él se ha propuesto que sea, por muchos sacrificios que le cueste; pero una vez reformado, le vende, porque lo que ha sido hasta ahora alimento a su actividad, comienza a cambiarse en motivo de disgusto: y ¿qué hará cuando venda el molino, que fácilmente le venderá? Creo que todo menos volver al comercio de las gentes, por enormes que fueran las utilidades que pudiera obtener donde quiera que se fijase, aquí o en el extranjero; ¿acaso son aliciente las utilidades pecuniarias para quien es tan sobrio en sus necesidades, y tan modesto en su vida como Argumosa?

Para quien como él ha disfrutado los goces de su familia, y ha venido a quedarse solo en el mundo; para quien ha tenido descalabros en su vida privada y en su fortuna; para quien ha sido objeto de injusticias repugnantes; para quien tiene un carácter como el acero, que salta pero no se dobla, la soledad del campo es el mejor refugio en el último tercio de la existencia.

Este recurso es el que no le disputará nadie, como su consideración académica y su reputación en el extranjero: Argumosa ha llegado al término de su carrera prestando eminentes servicios en el ejército y en los hospitales, muchas veces en medio de las epidemias y con gran riesgo de su vida, prestándolos de gran monta en las comisiones de beneficencia, en el profesorado, en la imprenta, dando brillo a la escuela de medicina de Madrid, mientras que otros echando por el atajo han llegado más allá que él; Argumosa se empeñó en hacer valer su profesión en los hospitales, mientras que otros conocían que valía más ser médicos de las antesalas ministeriales; Argumosa ha sido médico a secas, mientras que otros han sido diplomáticos-médicos; él ha hecho su carrera siendo útil a la humanidad, y no ha faltado quien se ha colocado al par de él, sirviendo no ya a los cortesanos, sino a las cortesanas de cierto género; solo en 1848, tarde ya, en víspera de retirarse a Villapresente, reconoció, sin arrepentirse de su conducta, estas verdades en ciertos folletos de polémica, que he buscado trabajosamente para encontrar algunos apuntes biográficos de un hombre que con ser tan eminente, se ha negado  a que publique lo que hoy se hace casi siempre sin encargo de los interesados: una biografía; y que acaso vea con desagrado hasta esta carta, que si está dictada por un arranque de indignación al contemplar de cerca el retiro en que vive Argumosa, es también el abuso de un viajero desconocido, que sorprendiendo casualmente el interior de ese retiro, le entrega al público, como único medio de reparar el olvido que rodea a este gran hombre.

En otro país no hubiera sido lícito a una eminencia como Argumosa abandonar la Academia de Medicina, mientras su falta dejará en la de Madrid un vacío que nadie puede llenar. En otro país, Argumosa tendría una alta consideración oficial y una colosal fortuna; en España no tiene más que el respeto de cuantos le han conocido, un caudal modesto, según parece, y el cuarto de estudiante que he visto en Villapresente!

Allí es posible que le coja la muerte, y entonces vendrán las alabanzas; los mismos que le han envidiado serán los que lloren con lágrimas hipócritas la pérdida del que pasó, sin contradicción, en el concepto de todos los hombres de la profesión, por el primer anatómico de España y acaso de Europa, y por uno de los primeros sacerdotes en la ciencia de curar; entonces, dando al olvido hasta ese pecado feo que cometió, curando ciertas afamadas llagas de procedencia celestial (6), que Argumosa cambió en procedencia infernal, cerrándolas sin cruces ni conjuros, aunque a él le cerraran muchas puertas y hasta aún las del cielo, según algunos, como él mismo lo dice en uno de los folletos que tengo a la vista; entonces se reconocerá lo que valía ese hombre antiguo, cuya desaparición cubrirá con un fúnebre velo las ciencias médicas; cuya firmeza de convicciones políticas será ocasión de duelo para la causa liberal, y cuyo olvido actual será una vergüenza para el país.

Anticipémonos nosotros a demostrar que antes que llegue aquel caso, hay  quien hace justicia al saber, a la virtud y al patriotismo; y que no todos tienen en olvido a los pocos hombres que, como Argumosa, son eminentes por la ciencia, venerables por sus servicios, modelos por su liberalismo. Sirva este pobre recuerdo para los que, no admitiendo aún como bueno el principio infernal, harto generalizado por desgracia, de que lo que interesa es medrar, no importa cómo, anhelan ver levantadas sobre la podredumbre que nos rodea, las pocas figuras que nos quedan tan severas y tan dignas como la del escondido vecino de Villapresente; y sirva también esta ocasión para repetirte en público, lo que ya sabes íntimamente: que es tu amigo verdadero.

A. Fernández de los Ríos.

NOTAS

(1) El periódico LA IBERIA fue creado por el escritor, político y periodista Pedro Calvo Asensio (1821-1863) en junio de 1854 en su deseo de crear un periódico político de carácter liberal y progresista en España. El título del diario correspondía a la aspiración de alcanzar la “unidad ibérica”, es decir, la unión de España y Portugal.

(2) Aunque nacido en Madrid, este político y periodista era de origen cántabro, ya que sus padres eran naturales de Pesquera y de Santiurde de Reinosa respectivamente.

(3) A juzgar por la descripción que hace de lo que él denomina “lugarejo” (término utilizado en castellano antiguo para designar un poblado –lugar-  con asentamientos antiguos –viejos-y que aún se utiliza en algunos puntos de Canarias y de Portugal) de Villapresente, da la impresión de que el Sr. Fernández de los Ríos confió en exceso en las virtudes de su memoria. Sirva como ejemplo la dirección que asigna al río.

Por otra parte, releyendo el comentario que hace sobre las carreteras y el ministro que gusta presumir de montañés, uno tiene la sensación de encontrase ante un visionario hablando del siglo XXI.

(4) Se refiere al año 1837.

(5) Se refiere a la considerada primera guerra civil española; se produjo durante el Trienio Liberal (1820-1823).

(6) Se refiere a la curación de las famosas llagas de Sor Patrocinio, conocida como “la monja de las llagas”. Le curó los estigmas y por ello fue muy criticado, teniendo en cuenta, sobre todo, que Sor Patrocinio era simpatizante activa del partido carlista y el doctor Argumosa era miembro activo del partido liberal.

2018-06-02T16:55:14+00:00 Actualizado: 22 de diciembre, 2015 @ 11:04 | CANTABRIA|